martes, 25 de octubre de 2011

Los maestros argentinos y su historia

LOS MAESTROS Y SU HISTORIA: LOS ORÍGENES DEL MAGISTERIO ARGENTINO
Andrea Alliaud

Orígenes de la profesión docente y una peculiar forma de vinculación con el saber

Transformar en Nación, un territorio habitado por una heterogeneidad de individuos suponía, entre otras cuestiones, lograr su integración moral y cultural. La extensión y desarrollo de la educación básica era el medio, ya que su carácter obligatorio, gratuito y laico garantizaba la sistematicidad y continuidad en la inculcación que un proceso trasformador requería; la escuela está llamada a resolver un serio problema de dinámica moral mental. Falta el vínculo de un común sentimiento, tradición, historia, glorias o sacrificios comunes, nada existe de todos los atributos que caracterizan a las sociedades constituidas en Nación.
Para  todo esto era fundamental crear un aparato escolar que asegurara la difusión de la enseñanza elemental y que, al mismo tiempo, propiciara la homogeneización de los saberes a impartirse. Por lo tanto, era necesario contar con una organización institucional.
Dentro de este proceso debemos encarar el estudio de los orígenes de la profesión docente. Es decir, cuando el estado se hace cargo de la formación sistemática del maestro mediante instituciones especificas destinadas para tal fin. La práctica,  la de enseñar que hasta ese momento se venía realizando de manera más o menos espontánea requerirá la constitución de un cuerpo de especialistas lo suficientemente homogéneo que asegure un proceso unificado de inculcación de la cultura, del que se obtendrán ciudadanos homogéneos, librados de las idiosincrasias sociales o de la raza de sus padres.
Las características determinantes de la institución escolar se adquieren desde el momento en que aparece un cuerpo de especialistas permanentes cuya formación, reclutamiento y carrera están reglamentados por una organización especializada y que encuentran en la institución los medios de asegurar con éxito su presentación de monopolizar la inculcación legítima de la cultura legítima.   

Hacia la definición de la profesión docente

a-     El maestro: difusor de la cultura
Bajo la tarea formal de alfabetización el maestro de escuela tuvo que desempeñar la tarea real de difundir un nuevo orden cultural que se estaba conformando. A través del desarrollo de esta actividad, destinada a las mayorías incultas, se buscaba lograr una especie de regeneración social. El proyecto suponía formar individuos predispuestos a reconocer y respetar la cultura.
Desde esta perspectiva, sólo es cultura legítima la que transmite la escuela. La apropiación de la cultura escolarizada significaba acceder a los saberes o conocimientos relevantes, implicaba más que nada moralización. Culturizar a la población tenía menos que ver con la transmisión de conocimientos que con la difusión de ciertas normas, valores y principios que el ciudadano ideal debía portar.
Saber para enseñar y nunca saber por saber. Hacer adquirir hábitos buenos y reprimir los malos debiera ser el primer trabajo del maestro de escuela, crear en ellos hábitos virtuosos y modalidades propias de una persona bien educada.
Definía la legalidad del Estado, se fija en la educación popular la posibilidad de proveer la homogeneidad social necesaria para su funcionamiento. En la consolidación de nuestro Estado nacional el carácter igualador primó por el carácter liberador. Así se comprende que, en el movimiento expansivo de la escuela pública, la educación moral, impulsada para contrarrestar las influencias del medio familiar de un vasto sector social, haya ocupado un lugar privilegiado de la escuela pública.

b-     El maestro disciplinador
Si se considera la terminología de la ciencia educativa, civilizar al pueblo significaba educación antes de instrucción. Es así que el famoso lema combatir la ignorancia, tuvo más que ver con formar el corazón de la niñez, sugerirle ideas nobles e inspirarles hábitos de orden y trabajo. El ideal del maestro debe ser formar individuos buenos aunque no tan instruidos.
La modalidad propia del disciplinamiento Foucault lo caracteriza del siguiente modo: implica una coerción ininterrumpida, constante, que vela sobre los procesos de la actividad más que sobre su resultado y se ejerce según una codificación que retícula con la mayor 10 aproximación el tiempo, el espacio y los movimientos.
En esta modalidad de disciplinamiento: vigilar pasa a ser, entonces, una función definida, pero que debe formar parte integrante del tal proceso de producción, debe acompañarlo en toda su duración.
Aún con un marcado énfasis en la dimensión moral, la enseñanza escolar no incluía, o no estaba disociada de, la transmisión de ciertos contenidos mínimos; nociones de cálculo, idioma nacional, lectura, gramática, geografía, historia del país.
La educación moral en las escuelas implicaba enseñanza y dirección en un sentido disciplinador, normalizador.
De este modo, la tarea de la escuela y de sus maestros de grado se identifica con enderezar conductas, maneras, actitudes, hábitos y costumbres. Encauzar valores y principios de vida, a fin de lograr sentimientos de amor y respeto por la patria y las instituciones establecidas.
La puesta en marcha de la maquinaria escolar apuntó a modelar ciudadanos. Hombres y mujeres normales, homogéneas, útiles. Foucault define el disciplinamiento como métodos  que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad.
Para lograr el orden interno en la escuela, el maestro utilizará técnicas de vigilancia, sanciones correctivas y fundamentalmente su persona como ejemplo.
El castigo disciplinario tiene por función reducir las desviaciones. Debe, por lo tanto, se esencialmente correctivo.
El ejercicio de la vigilancia y a la aplicación de sanciones correctivas supone un conocimiento detallado y meticuloso de los sujetos a los que se quiere disciplinar. El maestro disciplinador debía estar preparado para: estudiar los caracteres y las inclinaciones de los niños, para conocer los grados de fuerza de sus cualidades morales incipientes, a fin de fortalecer la virtud indecisa, reprender la duplicidad, la tergiversación y la falsedad, apelar afectuosa y prudentemente a la conciencia, excitar la sensibilidad moral y despertar los afectos generosos.
La serie de testimonios expuestos permite reafirmar que el papel del maestro se define no tanto por la transmisión de conocimientos, por instruir, sino más bien, y fundamentalmente, por socializar, educar, moralizar, disciplinar. La enseñanza de contenidos pierde relevancia frente a la educación moral.

c-     Ser maestro: una misión para apóstoles, antes que una profesión
Laicos de una nueva doctrina que haría el milagro de conversión social, los maestros adquirían la fisonomía del apóstol. Esta cualidad salvadora que asume el magisterio en sus orígenes, debe ser considerada en un análisis abarcativo.
De esta peculiar consideración derivaron exigencias acordes: los deberes del maestro son escasamente menos sagrados y delicados que los del sacerdote. Bajo varios importantes aspectos se halla en una relación semejante con la sociedad: y sus motivos y emulaciones para obrar, deben ser de la misma clase en una considerable extensión.
El carácter sacramental la doctrina cristiana que le dio origen. En este sentido Durkheim sostiene que: las escuelas comenzaron siendo obra de la Iglesia; la Iglesia las trajo a la existencia, y así se encontraron, desde su nacimiento, desde su concepción por así decirlo, marcadas por su carácter eclesiástico del que tantas dificultades tuvieron para despojarse después.
La figura del maestro es una creación del cristianismo. Lerena sostiene que la sacralización y exaltación del maestro no le viene dada a éste por ser docente, por enseñar en sentido estricto. Maestro no es como fue el leccionista o son el instructor y el enseñante, quien instruye o quien enseña, sino quien tiene la fuerza de imponerse como modelo ante otro. No es el ejercicio técnico lo que se sacraliza, sino la relación de dominación.
El maestro moralizador debía ser en la escuela ejemplo de conducta, modelo a imitar.

d-     El titulo garantía de idoneidad
La formación del personal adecuado, especializado para alcanzar los objetivos que persigue el montaje de un sistema nacional de enseñanza, constituye un aspecto de suma importancia.
Contar con un cuerpo de maestros capaces de garantizar el logro de la homogeneidad cultural, a través de los medios legítimos, implicaba atender el proceso de su formación: hasta ahora nos hemos ocupado de hacer discípulos y no de formar maestros. La Escuela Normal es la institución que se consolida y expande en vistas a obtener maestros preparados o competentes, capaces de dirigir con éxito las escuelas que se les confié y de dar impulso vigoroso al desarrollo de la educación común.
La garantía de idoneidad del personal, estará dada por la posesión del título docente. Se ve aquí claramente que no se requiere de maestros, sino de un tipo de maestro que se obtendrá mediante una preparación planificada.
Al institucionalizarse una formación sistemática y especializada para los maestros, surge la profesión docente. A partir de aquí, es posible referirse a la consolidación del magisterio como grupo social. A partir de aquí, es posible referirse a la consolidación del magisterio como grupo social.
Una práctica social, la acción pedagógica, se institucionaliza. Eso quiere decir que el desempeño de la misma ya no queda librada a la subjetividad de personas individuales, sino que presenta un carácter tipificado, pautado. Implica, por lo tanto, que aquellos que la realicen estén provistos de un corpus de conocimiento específico y compartido.
El maestro legítimo aquel que fue formado. El título de maestro se convierte, así, en garantía de competencia más allá de las propiedades materiales de los sujetos portadores. El título escolar, en tanto, credencial de competencia cultural, confiere a su portador un valor convencional, constante y garantizado en relación con la cultura, la alquimia social produce.
Es precisamente la titulación, lo que instituye al grupo como realidad mediante la institución de una forma jurídica y que instituye los valores últimos del grupo, los que tienen como principio la creencia del grupo en su propio valor y que se definen en oposición con otros grupos.
Es importante resaltar aquí el carácter controlador que estos procesos comportan, como así también el poder de reconocimiento social que traen aparejados.
Los maestros titulados son los encargados legítimos de difundir cultura entre la población. Con la posesión del título de maestro el cumplimiento de la función social queda garantizada. El reconocimiento de la autoridad del maestro será uno de los factores fundamentales para el éxito de la acción inculcadora.
Pero además la función docente queda investida de un carácter sacramental. De esta fuente según Durkheim, el enseñante sacaba parte de su autoridad, pues el sentimiento que tenía al hablar en nombre de una realidad superior lo elevaba por encima de sí mismo, comunicándole una mayor energía.
Los procesos de institucionalización de prácticas sociales, son el producto de una historia compartida.
La visión que da origen al grupo magisterial, que implica una división entre maestros titulados y no titulados. Se trata más del resultado de una serie de luchas a través de las cuales se fue definiendo el campo de producción y circulación de los saberes pedagógicos. Institucionalizar prácticas pedagógicas, es trazar limites precios entre saberes legítimos y saberes no legítimos, entre inculcadores legítimos e inculcadores ilegítimos.
La disputa se produjo a la hora de definir el tipo de formación especializada que debía impartirse en las escuelas normales. El discurso pedagógico moderno si bien defiende la formación docente, no excluye de la misma los elementos que habían caracterizado a la figura tradicional de maestro.
Al detenerse en el nombre de la escuela normal es posible identificar la norma con el método de enseñanza. El ejercicio profesional de la enseñanza va a implicar que todos sus miembros cuenten, no sólo con la posesión de los saberes de las distintas disciplinas sino también, con el conocimiento especifico necesario para la transmisión.
Durante este período, al surgimiento de las Ciencias Pedagógicas, en tanto cobra existencia un saber teórico acerca de la enseñanza.
A diferencia del saber práctico el saber teórico, requiere formas precisas de apropiación, de un conocimiento científico, racional y escriturado en tratados y libros.

Confirmación y consolidación del cuerpo magisterial   

Hasta aquí hemos tratado de explicar el surgimiento de la profesión docente enmarcada en un proyecto más amplio de integración y unificación nacional. Este proceso impulsado desde el Estado, tendió a satisfacer el requerimiento de formación de maestros. La tarea  implica rendir cuenta de la creación y expansión de las escuelas normales en todo el país y, también, analizar la lógica implícita en este proceso conformador.
El magisterio, en tanto profesión no surge de una asociación espontánea sino que fue creada en gran parte desde arriba. Fue el propio Estado el encargado de crear instituciones especializadas para la preparación del maestro, definir el tipo de formación estableciendo formas de ingreso, exámenes, titulaciones, distando planes y programas de estudio.

1-     Escuelas inferiores en sus enseñanzas pero adecuadas para su objeto
En el año 1869 (sobre la ley del 6 de octubre) se funda la Escuela Normal de Paraná, primera escuela normal argentina. Este acto representa la función del primer plantel permanente de enseñanza normal. Bajo la dirección de Stears (estadounidense), la escuela paranense dictaba sus enseñanzas, regida por un plan de estudios que comprendía cuatro años de formación.
En 1874, se crearon en Buenos Aires dos escuelas normales, una para mujeres y otra para varones. Ambas adoptaron planes de estudio similares a los de la escuela normal de Paraná.
Remitiéndonos a las bases legales que sostuvieron la expansión de las enseñanzas normales, encontramos que por Ley del 13 de octubre de 1875. El Poder Ejecutivo quedaba para establecer una Escuela Normal de Maestros de Instrucción Primaria en la capital de las provincias que lo solicitaran y que ofrecieran como base un local apropiado, provincial o municipal.
Cuando el proyecto de la ley de 1875 fue presentado al Congreso, se pensaba en la creación de catorce escuelas normales, una en cada provincia.
Las instituciones que iban cobrando existencia, en la necesidad de dotar a la Nación de maestros normalizados, se diferenciaban en términos de calidad respecto de las primigenias. Esta es una de las características que guió el proceso de creación y desarrollo de las escuelas normales: la cantidad de escuelas a expensas de la calidad en la formación.
Con la creación del Ministerio de Instrucción Público comienzan a darse ya los pasos definitivos para institucionalizar la posición y el papel de los maestros de enseñanza primaria. El deterioro de la formación docente fue una nota peculiar que definió el proceso de institucionalización de la práctica de la enseñanza.  Tal apreciación resulta aún más evidente si se considera que el plan de estudios original, por el cual la formación de maestros se extendía a cuatro años de duración, se suplantó por un plan de tres años. Para el caso de las escuelas que además formaban profesores (la de Paraná y las dos de Capital) el plan de estudios contemplaba cinco años de preparación.
Es preciso recordar que en tanto se definía un tipo de formación especializada para el maestro, se producían una serie de luchas entre distintas fracciones de poder. Defienden la calidad de la formación docente, frente a los que impulsan planes de formación acotados, movidos por una necesidad eminentemente práctica.
Es urgente que las Escuelas Normales suministren un número crecido de maestros, esa urgencia no es tan perentoria que obligue a disminuir los estudios y a la práctica en las Escuelas Normales para acotar el tiempo de preparación de los maestros, con grave perjuicio de su alta profesión.
Sin embargo, el plan de estudios decretado en esa oportunidad (Plan 1886), el cual contemplaba cuatro años para la formación de maestros, dejaba de tener vigencia al año siguiente. Cuando se decretó el plan propuesto por la Comisión Ministerial, por el cual se reducía a tres años la duración de la carrera docente. Ese plan definió, así, toda la etapa fundacional del magisterio en Argentina.

2-     La Escuela Normal de Paraná, modelo a seguir
La Escuela Normal de Paraná se define en su origen como garantía de formación de los maestros de todo el país y como modelo normalizador de la educación primaria. La figura de José María Torres (funcionario, inspector de colegios) aparece comprometida en la creación de Paraná. Es él quien regirá el funcionamiento de la escuela normal, en el cargo de director del establecimiento. La ley que dio origen a la escuela normal de Paraná establece la fundación de una escuela con el designio de formar maestros competentes para las escuelas comunes. A la par que se produce tal preparación, se van a ir gestando en su seno los rasgos que asumirá el normalismo argentino.
Torres integrante de la Comisión Ministerial encargada de definir planes de estudio y reglamentaciones para las escuelas normales   de la República.
La escuela Normal de Paraná se constituyó en modelo. La explicación de este fenómeno requiere tener en cuenta dos tipos de argumentaciones. La primera es la creación sucesiva de las escuelas normales debía seguir este criterio: todo debía ser uniforme en todas las escuelas del país. Saberes, horarios, disciplina comunes garantizarían la formación de un cuerpo de especialistas con el suficiente grado de homogeneidad e intercambiabilidad.
La segunda argumentación, más general, apunta a identificar la eficacia del modelo. Ser modelo de conducta, digno a imitar, ejemplo ante sus alumnos, fue definida como la cualidad central del maestro de instrucción primaria. Permanece   la definición moderna de maestro; lo nuevo en este caso, es que estos maestros modelos se formaban con profesores modelos en instituciones especializadas entre las cuales había escuelas a ser imitadas.
La Escuela Normal del Paraná fue una escuela de Boston transplantada en las soledades de la América del Sud. Nuestras Escuelas fue norteamericana por sus directores, por sus regentes, por su mobiliario y útiles, por la traducción de sus libros ingleses, por su táctica escolar militarizada y uniforme, por sus procedimientos y doctrinas.
Las escuelas modelos, al igual que los maestros ilustres aparecen recompensadas simbólicamente. Se las distinguía en los actos oficiales, en los discursos. En estos discursos al tiempo que se elogian ciertas cualidades de instituciones o de personas ejemplares, se impone la visión oficial.
Como modelo la escuela de Paraná si bien fue imitada, resultó ser una de las instituciones más destacadas. Parecería que no todas las escuelas normales formaban maestros de la misma calidad. Desde sus orígenes hubo escuelas de distinta categoría, según el destinatario social. Este rasgo no estuvo ausente a la hora de definir la formación de los maestros: un maestro formado en mejores condiciones resultaría demasiado caro, pero conviene no perder de vista que así se los necesita en una categoría de escuelas y no en todas.
Durante la primera etapa de fundación de las escuelas normales esto es cuando se logra al menos contar con una de estas instituciones en cada capital de provincia, la carrera estuvo destinada fundamentalmente a mujeres. Tendencia que se revierte en lo que podríamos considerar una segunda etapa del movimiento fundacionista de instituciones normales.
Para realizar una tarea eminentemente educadora se considera a la mujer mejor dotada que el hombre.
Las  cualidades relacionadas con la seguridad emocional, el cuidado de los sentimientos y la preservación de las tradiciones, fueron históricamente asignadas a la esfera femenina.
En el discurso de la época modelos de mujeres consideradas dignas de ser imitadas; eran las mujeres que componían la Sociedad de Beneficencia.
Se debe a la Sociedad de Beneficencia el primer ensayo de escuela normal. Las primeras maestras se formaban en tales instituciones y aún creadas las escuelas normales ésta siguió siendo en muchos casos una instancia de formación legítima.
La enseñanza queda revestida de un carácter apostólico. En este caso la tarea de enseñar se asemeja a una obra de caridad, por la cual hasta parecería ilícito reclamar recompensa.
Durante la última década del pasado siglo y la primera de este se crearon las escuelas normales mixtas. La cuestión de la co-educación de los sexos es cuestión muy discutida, y se puede decir que a medida que los años transcurren, disminuye notablemente el número de los partidarios del sistema.  Surge un nuevo puesto el maestro. En la medida que iba cobrando existencia una profesión escasamente remunerada y socialmente poco reconocida, las mujeres engrosaban sus filas. Se consideraba que no podían optar por una profesión mejor, el hombre, en cambio, prefería cualquier otra que le ofrezca más ventajas con menos trabajo y menos sacrificio de su dignidad. A ningún hombre se le puede exigir que trabaje, cuando no se le remunera debidamente. Para muchas mujeres de la época, de acuerdo con su extracción social, la elección de la carrera docente represento una vía legítima de liberación social.

3-     la conformación de una legión de maestros patrioteros
La fundación del normalismo argentino se destaco, entre otras cosas, por la cantidad de escuelas creadas. Desde la inauguración de la escuela normal de Paraná hasta el año 1888, se crearon por lo menos una escuela normal de varones y otra de mujeres o m0069tas en todas las provincias de la República. Tales establecimientos se ubican, todos, en las respectivas capitales. La creación de escuelas normales en ciudades pequeñas, pueblos y campaña fue posterior y progresiva.
Recién para 1909 se decreta la fundación de escuelas normales rurales. Fue motivo de preocupación, entre la intelectualidad dominante, que las escuelas normales pudieran atraer a los niños o niñas pobres con vocación, con capacidad o con meritos. Ya que se consideraba a estos jóvenes menos proclives al abandono de la tarea docente, al tiempo que podían resultar posibles destinatarios para cubrir los cargos en las escuelas primarias rurales.

Empezando un nuevo camino

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